Trail Running Argentina
Relatos

Los 100k de Patagonia Run 2013 por Sofia Cantilo

Es fácil determinar cuál es el final de una carrera, pero no es tan fácil encontrar el principio: para cuando uno llegó al arco de largada, es mucho lo que ya ha recorrido. La carrera empieza el día que uno decide correrla, sigue en cada día de entrenamiento, y llega a su punto cúlmine el día del evento.

Yo tenía todo planeado para irme “a dormir” el viernes a las cinco de la tarde, ya que a las doce de la noche largábamos, así que me fui a un cuarto de hotel sola. Lejos de dormir, podía escuchar a mi hijo bajando las escaleras de la hostería, subiéndolas de nuevo, jugando… Finalmente se hicieron las diez de la noche, me vestí y bajé a “tomar el desayuno” (después de meditarlo mucho, me pareció mejor comer tostadas con mermelada, que es lo que suelo comer antes de todas las carreras). Preparé mi mochila con Gatorade y guardé los geles, le cambié las pilas a la linterna, saludé a mis hombres, y me fui.

Dos cuadras, llegué al Puesto Neutral de la carrera, y me subí a la combi que nos llevaba hasta el Regimiento, donde estaba la largada. En el camino fui hablando con mi entrenador, Marcelo Perotti, para el aliento de último momento.

El Regimiento estaba lleno de corredores y acompañantes. Los nervios y la emoción estaban en el aire. Enseguida nos hicieron ir hacia la largada. La noche estaba muy fría y ya, sólo con la ropa de la carrera (calzas largas, la remera obligatoria, campera súper finita y guantes), se sentía. Ya detrás del arco me cambié: me saqué el rompevientos y me puse una remera térmica debajo de la pechera de la carrera. Alrededor mío estaban todos los corredores rápidos: Canuto Errázuriz, Marlene Flores, Daniel Estefanía, Verónica Bravo, Maira Mardones…

3, 2, 1, y nos fuimos! El primer kilómetro estaba lleno de gente alentándonos, y un perro durmiendo en medio del lugar por el que debíamos pasar. Pasado el primer obstáculo, empezamos a subir. Las dos chilenas, Marlene y Verónica, se fueron enseguida. Traté de no mirar, y de no engancharme en un ritmo que no era el mío. Enseguida aparecieron. Se volvieron a ir. Volvieron a aparecer. Así fuimos las primeras horas.

Formar un pequeño pelotón estaba bueno, no sólo por la compañía, sino porque el alumbramiento del grupito de linternas venía bien. La ausencia de la luna dificultaba aún más la visión nocturna pero, como a todo, uno se terminaba acostumbrando. Lo peor de correr de noche es que el movimiento de la luz de la linterna suele marear. Para ese entonces, Verónica se había quedado atrás e íbamos con Marlene, las dos un poco mareadas haciéndonos compañía.

Las subidas al Colorado y el Quilanlahue fueron duras, había muchos sectores con nieve y mucho frío. Igual, lo peor, fue la bajada del Quilanlahue. Entre la poca luz, y el ir buscando las marcas, era poco lo que se veía del camino y me empecé a caer. Me pasó Daiane Souza, la chica de Brasil, y enseguida Maira Mardones, que bajaban como cabras. El vivir en Buenos Aires y la falta de entrenamiento en terreno técnico me empezaron a pasar factura. Al ratito aparecieron unos chicos de Neuquén que estaban corriendo los 84k, y traté de seguirlos. Llegamos con ellos y Marlene todos juntos al PAS Quilanlahue1.

El mallín se me hizo eterno e insoportable. Aburrido, monótono. Los pies casi siempre mojados. Frío. Sentía la helada alrededor. La entrada al bosque la sentí como algo maravilloso. De a poco empezaba a clarear, pero la linterna era obligatoria hasta las 8am. Miraba el reloj: 7:53, 7:57, 8:00. “Marlene, ¡nos podemos sacar la linterna!”, le digo. Llegamos a Quechuquina, que marcaba que la mitad de la carrera ya había pasado. Aunque después de 56 kilómetros nada es fácil, lo cierto es que lo que quedaba era lo más llevadero: subidas y bajadas, si, pero ninguna tan larga como las que habíamos pasado, y luz de día.

Lamentablemente, un dolor que tengo en el nervio ciático por una infamación del músculo piramidal desde hace tiempo, y que últimamente me había estado jorobando, volvió con todo. Subir, que es lo que más me gusta, se me hacía casi imposible. Marlene seguía entera, y la vi irse.

Con dolor, pero sin aflojar. Foto: HCC Fotos

Con dolor, pero sin aflojar. Foto: HCC Fotos

A partir de ahí, la carrera se me hizo realmente difícil. El dolor se me hacía inllevable y, a pesar de tomar algo, no amainaba. Llegué de nuevo a Quilanlahue, y casi me largo a llorar. Cata Bergadá, una de las voluntarias, me recontra asistió. Tomé otro remedio y, como tenía la panza revuelta de tantos antiinflamatorios, ya no podía pasar geles. Cata me preparó dos sopas con fideos, y me tomé dos vasos de coca. Un poco de papas fritas, y salí.

Por el camino empecé el debate conmigo misma, si debía quedarme o seguir. Lo primero que pensé fue que, si yo le había dicho a mi hijo que me había ido a correr, no podía aparecer en auto. Él me estaba esperando en la llegada, me tenía que ver cruzar el arco. También pensé en mis amigos, que tanto creen en mi. Me imaginaba sus caras al decirles que había abandonado. El argumento más fuerte para seguir tenía que ver con que, si abandonaba, cada vez sería más fácil hacerlo. Una ultramaratón duele. Es así. Entonces, ¿dónde está el umbral del dolor tolerable, y dónde no? Ése es un estándar que no quiero bajar. Así que, mientras pudiera mantenerme en movimiento, iba a seguir. La velocidad no importaba, la cosa era seguir avanzando y terminar.

La llegada al PAS Colorado2 fue terrible. Se acercó un amigo a saludarme, y lo saqué carpiendo porque sentía que, si se me acercaba, iba a empezar a llorar y no iba a poder seguir. Uno de los voluntarios del puesto me trajo mi bolsa, y dejé ahí todos los geles, y cargué caramelos. En los espacios de mi mochila para poner caramañolas, puse dos vasos y llené uno con pedazos de budín y el otro con papas fritas, y me fui.

Al ratito me encontré con Lucio Pérez, un amigo neuquino que estaba alentando, y no aguanté más y me largué a llorar. El dolor era insoportable. Lucio me acompañó unos metros, diciéndome que no afloje. Trato de ir más rápido, así el dolor se acaba antes. Al ratito, encuentro a la chica que venia tercera. La paso, y pienso: “Me pondre la pierna en la cabeza, pero no le voy a regular la carrera”. Le pongo garra. Voy trotando, pero el ritmo es bajísimo. Llego al PAS Los Bayos, solo me quedaban 7 kilómetros. Recargo papas fritas y sigo.

Quiero ponerle ritmo, para mantener el 3er puesto. Imposible. Dolor. Ya no es solo la pierna derecha porque, por hacer fuerza para no renguear, me empezó a doler la rodilla. Tengo la cabeza partida. De repente, miro adelante y veo una cabeza blanca. Ilusión. “Sos el Doc?”, le digo. Se da vuelta y era, efectivamente, Alberto Maffey, un querido compañero de entrenamiento que estaba corriendo los 42k.

A partir de ahi, cambió todo: se pegó al lado mío, y me alentó como nadie lo había hecho jamás. Me decía cosas lindísimas y me hacía pensar en mi hijo. Agarramos la bajada juntos, y empezamos a volar. No sé a qué ritmo íbamos, pero era fuerte. El camino estaba lleno de corredores, y ya aparecían personas alentándonos. El Doc no me dejaba pensar en el dolor, ni aflojar. Me seguía hablando y me hacía emocionar con sus palabras.

Aparece el asfalto y entramos a San Martín. “Ufff, la entrada es larga”, le digo cuando me marca que ya no falta nada. Lo minimiza, no me deja quejarme. La bajada se acaba. Llegamos a la calle principal y se ve el arco, tan monstruosamente chiquito… El plano se me hace insoportable y se empiezan a ver corredores que caminan. Copiarlos es tentador. El Doc no me deja aflojar. Sigue al lado mio, alentandome. Empiezan las vallas, y me deja entrar… Al lado mío aparece Sátur con el enano en brazos. Lo pone en el piso y, de la mano nuestra, mi hijo cruza su primer arco corriendo.

Todo valió la pena.


Tags: 2013, Argentina, Patagonia Run, Sofia Cantilo

Autor Invitado a colaborar con noticias, relatos y experiencias en Trail Running Argentina.

Deja tu comentario!